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20 enero 2010

El murciélago fingidor.

El fabulista Esopo cuenta que cierta vez inició una guerra entre las aves y los animales terrestres.

Y el murciélago, que era muy cobarde, ideó un plan para librarse de ir a la guerra. Cuando estaba con las aves, abría sus alas y volaba como ellas. Pero cuando estuviera con los animales terrestres, plegaría sus alas y simularía ser un ratón. Al comienzo le fue bien con su engaño, pero después de un tiempo sucedió lo inevitable. Las aves lo repudiaron, porque consideraron que no era un ave. Y los animales terrestres, hicieron lo mismo, porque el murciélago no era como ellos. Hasta que finalmente todos arremetieron contra él y lo destruyeron.

¡Cuántas personas se parecen al murciélago de la fábula! Durante cierto tiempo mantienen dos caras, que las acomodan según la conveniencia del momento. Y aparentemente les va bien: engañan y prosperan. Pero llega la hora cuando la verdad sale a la luz, y se descubre la doble cara del fingimiento. Entonces sobreviene el repudio de los demás, y el hipócrita queda autodestruido. La simulación, la doblez y la hipocresía son debilidades humanas muy comunes.

Cuando permitimos que Dios conduzca nuestra vida, se acaba el engaño, la mentira y la hipocresía. En reemplazo surge la integridad, que proporciona paz al alma y nos permite mirar siempre de frente al hermano.


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